| REDESCUBRIMIENTO Y REVALORIZACIÓN DEL ESPACIO MEDITERRÁNEO CONTEMPORÁNEO Jordi Casassas, Universitat de Barcelona, mayo 2000. Esta ponencia forma parte de una reflexión más general, que vengo realizando durante los últimos años sobre la evolución de las identidades nacionales y regionales y su heterogénea utilización por parte de los programas políticos nacionalistas en el espacio mediterráneo occidental contemporáneo. En anteriores entregas, había analizado de manera más detallada las condiciones político-institucionales dependientes de la primera fase del proceso de consolidación del estado liberal en este área; una consolidación que, como es sabido, presenta importantes arritmias respecto al modelo nordoccidental hegemónico. En una segunda fase, fui incorporando en el esquema el análisis de la construcción de las grandes propuestas culturales que han querido justificar, intentar explicar o que simplemente vehiculan la expresión política de estos sentimientos de pertinencia que consideramos en la base de los nacionalismos. En esta ocasión, pretendo tan sólo presentar una primera propuesta de reflexión general sobre estas cuestiones, pero partiendo de la experiencia de los dos últimos decenios, de los grandes replanteamientos que se están concretando en este fin de siglo y de la aparición de una supuesta identidad mediterránea general: son temas que nos afectan como ciudadanos y que no podemos dejar de integrar en nuestros análisis retrospectivos. Me centraré, solamente, en tres perspectivas que me parecen especialmente significativas: primero, en la revisión de las condiciones originales en las que se han consolidado las diferentes identidades particulares, puesto que no podemos olvidar que, ahora, el Estado ha tenido todo el tiempo para consolidar la nacionalización de sus respectivas masas; segundo, en el análisis de la transformación del sector encargado de elaborar las propuestas teóricas y de fijar las grandes estrategias; tercero, en una reflexión comparativa de aquellas pocas coyunturas en las que se ha aludido a una identidad mediterránea de conjunto. Creo que este texto podría subtitularse, puede que en un exceso enfático, "La compleja búsqueda de una nueva identidad mediterránea: entre la complejidad interna, la mitificación exterior y el conflicto geoestratégico". Está claro, así pues, que el redescubrimiento y la revalorización que figuran el el título de la ponencia los entiendo en función de una recuperación identitaria que hasta un cierto punto y en el caso de que realmente exista- podríamos considerar como nueva: una identidad que superaría los espacios estatales tradicionales; que ni tan siquiera atendería a la delimitación habitual de las fronteras (ni que sea las identificadas y reivindicadas por los irredentismos o por los nacionalismos reivindicativos) y que, por el contrario, se referiría a un espacio geográfico amplio, diverso (a veces tan sólo definible por unos parámetros bioclimáticos y culinarios) y que hasta hace bien poco lo tendíamos a considerar profundamente heterogéneo en el plano cultural e histórico-político. Me refiero en este subtítulo conceptual a mitificación exterior y a conflicto geoestratégico, por tres motivos fundamentales. Primero, porque las identidades siempre se han fundamentado en procesos de codificación más o menos sofisticada de elementos a medio camino entre la realidad objetiva y el mito (aquí, mitificación no tiene el carácter peyorativo con que se descalifica a los nacionalismos en el discurso de E.J. Hobsbawm). Segundo, porque las identidades se han significado por ser una forma de diálogo/confrontación con lo que denominamos "el otro", situado esencialmente fuera de esta área: el Mediterráneo es el gran inventor del "bárbaro", del "extra limes", del extranjero. En tercer lugar, porque el espacio mediterráneo ha sido históricamente una zona de paso, de dominación y de conflicto (incluso de brutalidad) y, en las épocas moderna y contemporánea, un área periférica y subordinada a ese "otro", que se sitúa indefectiblemente en la parte nordoccidental del continente europeo (por lo tanto, la identidad participa y al tiempo debe confrontarse con este determinante geoestratégico). Por otra parte, no podemos olvidar que identidad y heterogeneidad han sido conceptos antitéticos durante todo el período moderno y contemporáneo: Maquiavelo lo dejó bien claro al iniciarse el proceso, siguiendo en gran parte el ejemplo práctico homogenizador que le brindaba el rey Fernando el Católico y, por su parte, el Estado moderno se ha cuidado de mantenerlo con actitudes y prácticas no exentas de grandes violencias. Lo cierto es, sin embargo, que desde el último cuarto del siglo XX parece que han entrado en crisis las viejas y rígidas formas políticas, sus identidades correspondientes e incluso las relaciones sociales determinadas por ambas; el tema que aquí se aborda es, por lo tanto, un problema específico de la etapa contemporánea, donde se halla la raíz de la actual situación de crisis y de inseguridad referente a los parámetros que debemos utilizar para analizar esta coyuntura. Hasta cierto punto, casi adelantando una de las conclusiones de esta reflexión, que por fuerza deberá moverse en un plano general y en gran parte especulativo, la identificación de las propuestas que miran de crear una identidad superior mediterránea podemos considerarla como algo normal y posible, tan sólo en este contexto crítico finisecular de replanteamientos generales (en el que han podido hacer fortuna conceptos como "postnacionalismo" o como "identidad débil", fidelidades compartidas, etc.). Desde la perspectiva de este presentismo al que parecen forzarnos las actuales circunstancias, creo que podemos constatar un fenómeno de una cierta marginación del discurso histórico en las reflexiones sobre el Mediterráneo y, muy especialmente, sobre la "mediterraneidad" (algo parecido ocurrió a fines del XIX en la crisis positivista, cuando se aseguró que la filosofía había superado definitivamente a la historia). Su lugar, ahora, lo van ocupando las reflexiones que provienen del campo de la politicología (y su estudio de modelos ideales), de la sociología (aunque sea en su versión más sofisticada del "pensamiento complejo"), de la antropología (muy especialmente en su faceta de la cultura de la alimentación), de la psicología social y hasta de la literatura (los casos, entre muchos otros, de Claudio Magris, del servo-croata Predrag Matvejevic o del libano-francés Amin Maalouf). Con ello no quiero indicar que deban invalidarse estas "nuevas" aportaciones, sino que su predicamento y hasta su primacía en la elaboración de los grandes discursos y su relevante difusión mediática puede indicar un cambio de visión o de sensibilidad, un decantamiento postmoderno que tiende a utilizar la historia tan sólo como un recurso retórico. Un historiador del predicamento de Jacques Le Goff, en un ensayo que titula La Vielle Europe et le Monde Moderne (1994) no ha dudado en afirmar que "Europa debe desembarazarse ahora de las manipulaciones y de las falsificaciones de la historia y del peso paralizante de una cierta referencia a la historia". Claro está que, al final del apartado, atribuye a la "historiografía científica y objetiva" la tarea de construir la "memoria común de Europa" (podríamos trasladarlo a la del Mediterráneo). Pero su referencia a la parálisis historicista no deja de sorprender. En los períodos de construcción de identidades, de esta nueva versión del "idem nec unum" de Séneca, puede que el conocimiento objetivo y ordenado de la historia que tiende al estudio de casos particulares pueda constituir incluso un cierto impedimento. Si acaso, el paso hacia delante de la etapa actual vendría dado por la aceptación generalizada de un discurso histórico exorcizador de los "crímenes" del pasado próximo sobre los que se ha llegado al acuerdo de que jamás se podrían construir las nuevas identidades nacional-estatales o generales (debate sobre la "resistencia" y 1945 en Italia; debate francés sobre la "resistencia" y Vichy, etc., o sobre las nuevas esperanzas que surgen de los síntomas de democratización/ occidentalización en parte del mundo islámico). De hecho, creo que los historiadores de este fenómeno de la mediterraneidad contemporánea incluso podríamos llegar a preguntarnos sobre la conveniencia de olvidar aquel punto de referencia que en último medio siglo ha significado el gran libro de Ferdinand Braudel, La Méditerranée et le monde méditerranéen a lèpoque de Philippe II (1949); de hecho, muy a menudo puede dar la sensación de que la mención de este libro no va más allá del lugar común más o menos erudito. Como es sabido, el esquema braudeliano, muy en la línea de la confluencia entre las grandes monografías regionales que habían dado paso a la escuela de los Annales y de la irrupción del estructuralismo de postguerra, combinaba tres grandes estratos temporales: primero, el "tiempo geográfico", el tiempo de la práctica inmovilidad ; segundo, el esencial "tiempo social", el de la lenta configuración de los agrupamientos fundamentales en la Epoca Moderna, esto es, los macroeconómicos y los estatales; y, finalmente, el "tiempo individual", el biográfico y coyuntural donde se producen los hechos concretos y la acción de los indivíduos. La pérdida de la hegemonía del "Medium Terrae", que precisamente se consuma a fines del período analizado por Braudel, va a comportar el fin de aquella "viscosa continuidad" que para el historiador francés determinaba la dinámica histórica mediterránea. Incluso en el primer estrato del tiempo geográfico o de la inmovilidad, no tardarán en aparecer elementos de dinamismo que acabarán por influir cualitativamente en la marcha general contemporánea de este área. La dinámica general, determinada fundamentalmente desde fuera de esta área, ha comportado y de hecho sigue comportando cambios decisivos. La apertura del Canal de Suez en 1869, motivada por las necesidades expansivas nordoccidentales (a pesar de las iniciales resistencias e interferencias producidas por la Gran Bretaña en 1863), producirá cambios físicos de repercusiones enormes. Un siglo más tarde, la consolidación del fenómeno del turismo de masas, cuando menos, ha provocado que la costa mediterránea soporte, junto a procesos de cambio cultural acelerado, una densidad media de población que durante largos períodos del año se acerca a los 12.000 h/Km2, con repercusiones que llegan a afectar a la propia estabilidad bioclimática de la zona y que, sin lugar a dudas, van a jugar un papel determinante en la evolución de los espacios físico y humano mediterráneos de los próximos años. Más adelante deberemos volver sobre estos puntos fundamentales de Suez y el fenómeno turístico más contemporáneo. Por lo que se refiere a los tiempos social e individual de Braudel, la evolución mediterránea ha dejado de intervenir en la definición de los grandes temas que determinan la evolución macroeconómica y macropolítica del mundo contemporáneo. Uno de los efectos de esta circunstancia será, precisamente, la no integración territorial-política que confiere heterogeneidad e inestabilidad al conjunto de la zona y que, como veremos más adelante, puede ser una de las claves para la comprensión de la evolución actual. La crisis moderna descoloca el Mediterráneo; durante tiempo proseguirá el conflicto turco y en todo momento España mantendrá su condición de potencia imperial y colonial (junto a su vecina "mediterránea" Portugal). Pero el eje macroeconómico se desplazará indefectiblemente hacia el Atlántico y los grandes temas del progreso sostenido, de la laicización del espacio público y de la centralización estatalista, de lo que en síntesis denominamos como la modernización contemporánea, van a desplazarse hacia el área europea nordoccidental: de allí partirán las grandes definiciones y las principales estrategias, así como la simultánea visión de un Mediterráneo lastre, problemático, atrasado e incompatible con la misma noción de modernidad (los viajeros modernos van a consolidar esta idea en la gran estructura propagandística que significaron la Ilustración y la Enciclopedia). De hecho, esta "periferización" del Mediterráneo occidental (se ha hablado de "desarrollo semiperiférico" referido a esta zona sureoropea), resultado de las nuevas exigencias del atlantismo, de una parte, y de las consecuencias del expansionismo otomano, de la otra, tuvo consecuencias de gran alcance para algunas áreas concretas (algunas ciudades estado italianas o la misma Barcelona i su hinterland catalán, muy especialmente, dado su dinamismo marítimo y comercial medievales). En ellas se había producido una gran modernidad cultural, político-institucional y económica y, de repente, se las redujo a un notable confinamiento localista. El resultado fue la creación de unas elites alejadas del poder, recalcitrantes en la defensa de sus viejas formas de hacer, al tiempo que temerosas de los conflictos internos que generaba su propia inercia modernizadora económica. En definitiva, en el momento de evaluar la eventual recuperación de una identidad mediterránea en las últimas décadas del siglo XX, creo que debemos andarnos con mucho cuidado a la hora de utilizar los referentes históricos de la larga duración, así como los mismos referentes historiográficos que hemos utilizado por lo común en las últimas décadas. Debemos volver a la reflexión en torno a las condiciones particulares en que se produjo la primera consolidación de las nuevas identidades nacionales en el mundo mediterráneo. Para ello es necesario "olvidar" el esquema ideal con que los doctrinarios liberales del XIX conceptualizaron el proceso iniciado por la Gran Revolución (todo y el valor revolucionario modélico de la Constitución de Cádiz de 1812). "Crear la nación" y fundamentar y controlar un proceso de crecimiento material de base individual, en la práctica fueron tareas profundamente contradictorias y de graves repercusiones prácticas, por más que los "doctrinarios" del momento las presentasen como perfectamente compatibles. Tanto el progreso material como la nueva política se decía que debían fundamentarse en la total desaparición de las estructuras políticas, jurídicas e institucionales del Antiguo Régimen. Al mismo tiempo, la Nación debía construirse sobre la base de algún argumento del pasado, si no se quería caer en abstracciones incomprensibles y peligrosamente desestabilizadoras, así como en función del pueblo, al que las elites europeas temían por regla general (no olvidemos el elevadísimo y explosivo coste humano de las Guerras Napoleónicas, con sus casi tres millones de jóvenes muertos) y al que avorrecían íntimamente por su incultura, superstición, atraso e inestabilidad permanente. Es bien conocida, por ejemplo, la decepción sufrida por los intelectuales occidentales que, con lord Byron a la cabeza, acudieron, en una de las primeras manifestaciones de solidaridad del mundo contemporáneo, en ayuda de los "griegos clásicos" de 1820 y en su lugar hallaron a unos campesinos pobres, sucios y terriblemente parecidos a los "turcos". El progreso material siguió fundamentándose en el desarrollo de las viejas prácticas e instituciones ya conocidas y comprobadas del Antiguo Régimen (generalmente de una implantación muy local); paralelamente, los sectores económicos genuinamente nuevos no tuvieron ninguna conciencia colectiva y solidaria del proceso político y económico que estaba gestando el mundo liberal hasta muy adelante; tan sólo pensaron en su provecho personal e incidieron poco en el cambio inicial de las prácticas políticas. Por su parte, al pueblo se le siguió controlando con las prácticas brutales de siempre e intentando integrar en instituciones gremiales, municipales y eclesiásticas pensadas durante el Antiguo Régimen. Así pues, la idea general de una dinámica fundamentada en el Progreso universal se impuso sobre una práctica real que descansaba en el mantenimiento de unas estructuras y prácticas ligadas al viejo orden de cosas. En el famoso cuadro de Delacroix de 1830, por ejemplo, los que avanzan victoriosos al lado de una República-Libertad perfectamente idealizada son los burgueses, mientras que es el pueblo quien yace muerto a sus pies. En el mundo mediterráneo, el localismo halló un terreno bien abonado en estas circunstancias y recibió (por parte de sus elites pensantes), con agrado de unos, pero con la abierta suspicacia de los doctrinarios universalistas y jacobinos, la aportación del romanticismo político-jurídico de inspiración alemana, que parecía solucionar este conflicto práctico entre identidad y modernización. Pero, a diferencia del caso alemán, en el Mediterráneo esta propuesta de síntesis no descansó en la edificación de un Estado fuerte, con poder de mediación entre lo individual y lo colectivo y con un mínimo de fuerza cohesionadora cultural y social. Por ello, ni aún en su Costa Norte, donde se intentó seguir el modelo europeo hegemónico, el Estado mediterráneo no dispuso de un verdadero nacionalismo propio hasta muy entrado el siglo XIX; tan sólo le cupo confiar en que el afianzamiento del nuevo orden de cosas fuera erosionando los viejos identitarismos locales (más al Este, donde las adscripciones territoriales son menos claras, las tradicionales identidades étnico-religiosas). ¿Hasta que punto puede considerarse qué se dio el recurso a una superior "mediterraneidad" en esta fase inicial en que el nuevo Estado liberal-nacional pugnaba con la pervivencia tan arraigada de lo local? Existe una gran variedad de modelos, al margen de la unificación de problemáticas que produjo la fuerza y la pervivencia, en todos los casos, de la permanente inestabilidad política, de la no integración social-cultural y del localismo, el comarcalismo y el regionalismo. Podemos identificar tres casos o intensidades en el proceso de fijación del nuevo estado liberal-nacional: el griego, donde junto a la definición del nuevo estado (en muchas ocasiones en clara contraposición con ella), debió producirse la del propio territorio, la cultura y el pueblo nacionales nuevos, enormemente fluctuantes según los avatares de la crisis del Imperio Turco; el italiano, donde la lucha entre estrategias para imponer un modelo de Estado nuevo debió promover la realidad más o menos nueva de una cultura e identidad global común; y el español, donde en principio nadie cuestionaba la preexistencia de la unidad política y donde el conflicto se centró en la progresiva aparición de regionalismos y nacionalismos reivindicativos, alternativos del que debía imponer el nuevo Estado. Tan sólo en el caso italiano creemos que se recurrió a una cierta consciencia de mediterraneidad a la hora de conectar la acción política con la elaboración de un nuevo imaginario cultural-identitario ligado al "Ri-sorgimento". Del doctrinarismo liberal-jacobino de un Mazzini, al pragmatismo de un Cavour, se aludió al Mediterráneo, ya sea como justificación de una unidad ideal o como fuerza geoestratégica que permitiese fundamentar la unidad sobre bases reales y con futuro dentro del concierto de las potencias europeas. Diversas escuelas históricas, sociológicas, económicas y jurídicas se hicieron eco de esta "consciencia general mediteránea" en sus debates internos tras la primera unificación estatal-territorial de 1860, en coincidencia con la consolidación científica positivista. Ni en el caso griego, ni en el español, se dio, según mis noticias, un parecido recurso cultural y estratégico a esta identidad mediterránea superior. En el caso de Grecia, la nueva realidad estatal se construyó sobre una base cultural centro y nordeuropea y sobre una tradición política de inspiración inglesa. Ni el Partido Inglés, ni el Francés o el Ruso generaron una cultura política con referencias significativas al Mediterráneo, si no fue la obligada alusión al choque de los expansionismos inglés y ruso con la resistencia de la Sublime Puerta. En todo caso, donde pudo producirse un debate de la naturaleza del que nos ocupa fue en la polémica filológico-política entre los partidarios de la lengua culta y los del griego "domotikí", aunque desconozco los pormenores de la misma. En lo referente al caso español, la ausencia de referencias al Mediterráneo durante el proceso de consolidación inicial del nuevo estado liberal-nacional fue total. La inexistencia de una verdadera política exterior autónoma durante todo el siglo XIX y la ausencia de referencias mediterráneas en la tradición cultural castellana dificultaron esta inclinación. Por otra parte, España se vio determinada por procesos generales que la alejaban del mundo mediterráneo: la gran crisis de las colonias sudamericanas tenía una implicación atlántica y la supeditación a la hegemonía del mundo de Viena posterior al 1815, así como a la de la Santa Alianza, que la obligaban a mirar hacia el espacio central y norte de Europa. Tan sólo en el caso del "re-surgir" cultural catalán (una Renaixença o "risorgimento", pero sin implicaciones políticas concretas en esta primera fase de la primera mitad del siglo XIX) se incorporó la referencia mediterránea general. Ya fuese desde la inicial aportación literaria, como las provenientes del campo de la historia, del derecho y del pensamiento filosófico general, la cultura catalana se fundamentó en la propuesta de una relativa independencia cultural propia, que la facultaba para difundir la idea de un cierto federalismo cultural hispánico. A este federalismo, Cataluña aportaba su tradición mediterránea (en la que sobresalía el talento universal de Ramón Llull como máximo exponente de esta presencia en parte tan prepotente), de alta romanización inicial y del posterior expansionismo medieval. Esta Renaixença catalana tenía un precedente local indiscutible en el ambiente creado alrededor de la ilustrada Junta de Comercio y, muy especialmente, en la persona y la obra de marcado y premonitorio carácter historicista de Antoni de Capmany, Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona (1779-1792). Por otra parte, era sobre esta base de tan fácil reciclaje en orgullo nacional histórico donde se justificaba la aplicación nacional-identitaria del modelo romántico germánico, muy bien asimilado en el mundo catalán ochocentista. El segundo punto que proponíamos al principio lo centrábamos en el análisis de la transformación experimentada por los distintos sectores i grupos encargados de la elaboración teórica y estratégica de las respectivas identidades nacionales. En este apartado sigo considerando de interés comenzar recordando que la consecución de los procesos identitarios modernos no dependió de forma exclusiva de la tormentosa dinámica política concreta que acompañó la aparición del estado liberal nacional. La existencia de una consciencia de unidad cultural vieja-nueva, con la subsiguiente aparición de las nuevas identidades nacionales, constituyó una realidad mucho más compleja. Fue con anterioridad al definitivo triunfo liberal cuando se consumó cuando la nueva gran economía-urbanismo acabó afectando a la gran política que determinaba la vida de los nuevos estados. Paralelamente, estuvo íntimamente relacionada con las posibilidades que tuvieron los nuevos intelectuales de sintetizar la parte menos radical i doctrinaria de las propuestas de la Ilustración con las exigencias historicistas de idealización del "alma popular" que proponía el Romanticismo, y de convertirlo en un nuevo sistema de virtudes cívicas con el que participar en el complejo económico-político liberal que se iba asentando o que se extendía como modelo ideal. La sensación de que se conseguía un todo orgánico y universal, de que también aquí se consumaba la universal ley del Progreso, se dio por relación a un modelo europeo que habló de la indefectible extensión social de la nueva mentalidad liberal. De hecho, el triunfo se dio tras las Revoluciones de 1820 y 1830 y se centró en el inicio de la integración de los sectores económicos y en la definitiva neutralización de la amenaza "revolucionaria popular". En el espacio mediterráneo, la lentitud de este proceso hizo aún más evidente la autonomía (a veces incluso la práctica marginación) de los sectores intelectuales y políticos en este proceso de construir una identidad común capaz de casar con las nuevas exigencias de la modernización. En este mundo mediterráneo se produjeron algunos procesos de gran importancia, que quedaron "ocultos" por la conciencia de marginalidad que tuvieron sus elites y por la situación de subordinación a la que los sometió el gran desarrollo del norte y el arrollador proceso de estatalización que se produjo en esta área. Pero se trata de procesos que han mantenido su vigencia hasta la segunda mitad del siglo XX y que no podemos olvidar a la hora de comprender de qué manera se ha vivido en el Sur la crisis del Estado tradicional y el "resurgir" de las identidades. Creo que pueden identificarse cinco procesos o situaciones en las que se limitó la fuerza estatalizadora del modelo nordoccidental: Primero, en el Mediterráneo nunca acabó de consolidarse la idea (la confianza social) de que el Estado era una plataforma que permitiría solucionar problemas cada vez más complejos y universales, así como una fuerza de agregación de las "micro identidades" heredadas del Antiguo Régimen. Segundo, en el Mediterráneo no se consolidó definitivamente el estilo político que permitía pensar que la confluencia entre el nuevo estado liberal nacional y la democracia era el resultado natural e indefectible del desarrollo histórico (aquí, al margen de las formulaciones oficiales, desarrollo y representatividad siguieron caminos mucho más complejos). Tercero, en el área mediterránea pervivieron con gran fuerza las conciencias de grupo pequeño, de familia, de grupo religioso, de etnia, etc. y no se tuvo la sensación, hasta muy adelante, de que el Estado constituía el vehículo de individualización y homogeneización que pretendía el modelo general. El poder de la Iglesia como plataforma de sanción social, cultural y moral se mantiene hasta las puertas de la actualidad, con efectos evidentes en el proceso de secularización de las sociedades políticas del Sur. Cuarto, en esta área resultó conflictivo y limitado el proceso de nacionalización de las masas que emprendió el Estado en la Europa del Norte entre 1870 y 1920; de hecho, sí que lo concibieron las elites culturales en estos años, lo ensayaron de forma coactiva los regímenes antiparlamentarios (que siguen una cronología muy parecida en todo el Sur mediterráneo) y no se culminó hasta entrada la segunda mitad del siglo XX. En países como Grecia, España o Portugal se trata de un proceso incipiente que debemos localizar en el último cuarto del siglo y en el que las políticas socialistas han jugado un papel modernizador, nacionalizador y estatalizador de primer orden. Quinto, en el Mediterráneo pervivió la conciencia de que existían dos circuitos en el desarrollo económico: uno más general, cuyos centros de interés, gestión y provecho casi siempre se hallaban alejados y ajenos al control autónomo del estado y otro local, sujeto a los intereses locales y a formas de contratación clientelares. La dinámica económica general gravó a las zonas pobres tradicionales y el estado nunca se vio como un agente de redistribución de riqueza o de creación de actividad en zonas nuevas, como mínimo hasta fechas muy recientes. Los agentes intelectuales y políticos encargados de la formulación de las identidades nacionales evolucionaron según estos condicionantes y al compás de la extensión social de la situación liberal nacional nueva, de la "creación" del público capaz de ser receptivo a ellas. En el tercer apartado analizamos los dos momentos en que esta formulación conectó con lo que podríamos denominar una cierta conciencia de mediterraneidad. De hecho, pienso que han existido tan sólo dos coyunturas en las que se ha aludido a una conciencia de identidad mediterránea superior a las identidades particulares y con capacidad para integrarse en las estrategias políticas. Se localizan en los dos finales de siglo, el del XIX y el del XX; ambos momentos de crisis de confianza en la estructura del estado vigente. En el caso de la primera, la única de la que podemos conocer sus repercusiones, la idea de unidad mediterránea sirvió de base a importantes formulaciones nacionalizadoras cultural-políticas: caso del gran complejo que va a coordinar Action Française, del movimiento catalanista "novecentista" a partir de 1906, del movimiento intelectual de las revistas florentinas y su conexión con el primer fascismo en Italia o de la política de "énosis" de Eleuterios Venizelos y su soporte en la Liga militar, en Grecia, tras la crisis de 1897. La primera coyuntura, la de fines del XIX, creo que vino impulsada por dos estímulos de signo contrapuesto pero que chocaron con la tormentosa dinámica política que acompañó, en todos los casos, la aparición del estado liberal mediterráneo durante la larga primera etapa del siglo. De una parte, el relativo optimismo que desató la ya comentada apertura del canal de Suez, en noviembre de 1869. De la otra, la casi simultánea oleada de pesimismo identitario y político que siguió a la derrota francesa de 1870 y que se extendió con rapidez por todo el Mediterráneo norte. No podemos olvidar la importante participación financiera coordinada por el emergente estado liberal italiano en la fase de construcción del Canal, así como la decisiva participación de Napoleón III y su programa de consolidación del Estado con una presencia y expansión exterior muy activas, tras la crisis de las obras en 1863. El débil estado español se desentendió bastante del tema. Tan sólo en Cataluña apareció un movimiento que desde finales de los cincuenta quiso atraer la atención política e inversora hacia las nuevas condiciones que se estaban gestando; en 1877, los poderes públicos barceloneses hicieron premiar una memoria donde se concluía que la Ciudad debía emprender el camino que le devolvería su condición de emporio comercial y marítimo, desempeñando dentro de España el papel de contrapeso que le correspondía como gran ciudad del Mediterráneo (poco después se añadirá que la Barcelona metrópoli debía consolidar su condición de segunda "capital latina del mundo", detrás de París). Claro está que ni España ni la propia Cataluña dispusieron de un político de la talla y visión geoestratégica de Cavour. Pero, en términos generales pensamos que se extendió la idea de que estaban concretándose unas condiciones geográficas nuevas, que permitían entrever que el estado liberal mediterráneo emergente podría aprovechar este factor de situación nuevo para consolidarse internamente y emularse con el norte en el terreno de la imprescindible expansión comercial y colonial exterior. Casi al mismo tiempo sobrevino la crisis franco-prusiana y, al compás de las teorizaciones pesimistas francesas (con La reforme intellectuelle et morale de la France, de E.Renan 1871- a la cabeza), se desató una oleada de pragmatismo pesimista por todo el sur mediterráneo (restauracionismo, regeneracionismo, transformismo, rotativismo, etc.) que en el plano ideal identitario abriría la formulación del desequilibrio norte-sur vigente hasta nuestros días. La clase intelectual y política del sur partirá de una visión pesimista que en ocasiones se acerca al auto odio más evidente. En España, el Cánovas del Castillo intelectual no dudará en afirmar que es español quién no puede ser otra cosa; desde Cataluña, uno de los más destacados poetas nacionales del período no tardará en aludir a España como La Muerta; en Italia, Giolitti se refiere al país como La Contrahecha, que siempre necesita de un traje a la medida y tampoco puede olvidarse el criticismo de Pasquale Villari, por ejemplo en su artículo "Dove andiamo?" aparecido en "Nuova Antologia" (1893); Eça de Queirós se referirá a Portugal como algo que sólo sirve para enfrentársele a pedradas; la intelectualidad griega se refiere a su país como un caballo piojoso (psorocóstena), etc. Esta doble situación de optimismo-pesimismo caracterizó la aparición de una importante corriente "latinista" que tuvo en la "Revue des Deux Mondes" uno de sus principales portavoces y, al mismo tiempo, de sus más eficaces canales de difusión. En Italia destacó "Nuova Antologia" (en su nueva etapa a partir de 1866); en Barcelona, a partir de 1874 se publicó la "Revista Histórico Latina", que pronto tomaría la divisa "Rinascitur" y declararía aparecer "para avivar en los pueblos meridionales el espíritu de comunidad de procedencia" frente a la "invasión germánica". Las condiciones en que se ha producido la revalorización del espacio mediterráneo a fines del siglo XX vienen determinadas por una parecida sensación de desconfianza hacia la validez universal de las relaciones que se establecían en el seno del estado. La crisis del estado vuelve a materializarse, además, en la siempre traumática remodelación de fronteras. En el plano concreto, sin embargo, resulta imposible no incorporar a estas precondiciones más generales el resultado de la evolución histórica del siglo: con la crisis producida por las dos Guerras Mundiales, la particular forma como vivirá el Mediterráneo el periodo de la Guerra Fría, el alcance de la irrupción del gran fenómeno de la descolonización, el impacto del desarrollismo y de la marginalización (evidente a partir de la gran crisis económica que estallará en 1973), los efectos de una nacionalización tardía y desequilibrada, la dinámica de la construcción europea (en 1997 se aprueba la "Declaración sobre el Regionalismo en Europa" pero a la práctica sigue poniendo muchas condiciones a la pervivencia de la diversidad), la persistencia de elementos de conflicto y tensión que conectan con la situación mundial, etc. No era mi intención analizar en esta ponencia estos condicionantes actuales. Ahora sabemos que es imposible abordar la definición de la identidad mediterránea sin contar con la perspectiva de sus orillas Sur y Este; pero no creo que estemos aún en disposición de integrar en un esquema único toda la variedad de experiencias y condicionantes que han llevado a la definición de cada una de las identidades singulares, sobretodo porque estas experiencias proceden de la propia dinámica histórica en permanente movimiento y tensión (por ejemplo, la forma como está cambiando la percepción de la identidad nacional en el norte de Grecia tras la aparición del nuevo estado de Macedonia, o de Phiron para la ONU, y del aislamiento ante la reciente guerra del Kosovo). Pero no querría terminar sin abordar una de estas situaciones que me parece más generalizable y que por ser menos concreta no se acostumbra a incorporar en los análisis. Me refiero al peligro que representa la despersonalización en fase de globalización y de mundialización (se ha hablado de los peligros de la pérdida de capacidad de mantener la denominada "apropiación endógena"), la pérdida más o menos coactiva de referentes culturales, el rompimiento de los equilibrios que permitían a las elites regionales elaborar sus propuestas identitarias combinando las realidades locales con la nueva tendencia general que representaba la construcción del estado. En términos generales, el recurso a la identidad mediterránea lo hallamos en dos tipos de acciones: en la propia de regiones que se sienten bajo presión discriminatoria por parte de sus estados o de la propia Unión Europea (casos de las regiones del sur de Francia, especialmente de Córcega, o de Cerdeña, las Islas Baleares, entre otros); a su lado, en regiones de mayor desarrollo y tradición identitaria propia, que en las actuales circunstancias de matización de los viejos monopolios estatales ven en la mediterraneidad general una ocasión más para contrapesar las identidades estatal nacionales impuestas. Es en esta segunda tipología donde hallamos una conciencia de identidad mediterránea más elaborada e integrada en los planteamientos políticos. En el primer tipo de regiones, tradicionalmente zonas de marginación, nuevos problemas se han añadido a los anteriores para hacer todavía difícil la vertebración cultural política de la identidad. Me refiero a los problemas cuyo reflejo más evidente es la terciarización global, resultado de haberse convertido en destino de grandes contingentes de turismo, de jubilados y en residencia alternativa de gente del norte o de otras regiones de la misma zona. Todas estas oleadas comportan la necesidad de inversiones considerables y rápidas, así como la utilización de gran cantidad de espacio y de mano de obra, muy a menudo de carácter estacional, dedicados hasta hace poco a actividades tradicionales alrededor de las que se entendía el equilibrio social, cultural, familiar e institucional, sobre el que se concretaban las elites locales. El repentino impacto de las nuevas necesidades ha provocado el abandono del campo y la superpoblación de las zonas costeras y turísticas en general, el rompimiento de las viejas estructuras familiares, la hipoteca del espacio natural y la superespecialización regional, hecho que imposibilita ulteriores readaptaciones ante el crecimiento de la demanda de espacios "naturales" de ocio que conlleva el modelo de sociedad occidental desarrollada. La recomposición de las identidades regionales deben realizarla el sector intelectual y el político sobre la base de la extensión social de la conciencia regional y del soporte que éstas encuentren entre unas elites locales cada vez más numerosas y diversificadas. En su lugar se encuentran poblaciones sometidas a la presión de un mestizaje en la base (atracción de mano de obra inestable) y a las ansias de enriquecimiento rápido y especulativo de las elites. La reformulación identitaria acostumbra a centrarse en la actividad de grupos marginales, jóvenes y alternativos, sometidos a la presión descalificadora de los poderes mediáticos que los califican de perturbadores idealistas y trasnochados de la universalmente deseada paz turística. |