Desde hace muchos años me ocupo de la historia económica y social del Mediterráneo y en particular en los últimos cinco he tenido el honor de dirigir dos Proyectos Estratégicos para el Consejo Nacional de Investigaciones sobre temas relacionados con las materias que aquí se discuten. El primer Proyecto consiste en un recorrido de investigación interdisciplinar dedicado a registrar la complejidad de las implicaciones que derivan a lo largo de los siglos en particular desde finales del XV hasta el XVII de la contraposición entre área católica y mundo islámico. La investigación ha querido seguir, más allá de las contraposiciones y de los conflictos, el sutil hilo de la integración entre culturas diversas y con tal fin ha considerado los aspectos menos conocidos de los cuales se puede deducir una realidad en la cual tienen lugar encuentros y cruces de civilizaciones diversas. El trabajo desarrollado (Los Turcos, el Mediterráneo y Europa, a cargo de G. Motta, Milano Franco Angeli 1998) ha aportado nuevos elementos de conocimiento, pero también nuevos interrogantes, en un amplio espectro de temas que ve como la cultura proveniente del mundo otomano y trasladada al occidental traza un hilo ininterrumpido que une los destinos del Mediterráneo y de la Europa centro-oriental y también la implicación de la Corona de Castilla al destino del Imperio asburgo. De una visión tan amplia que ha tratado de superar las historias "sectoriales", se hace plausible la posibilidad de seguir el proceso de formación de un sistema mediterráneo cohesionado que permite la definición y la interpretación de una identidad mediterránea precisa, fruto de las múltiples identidades que confluyen en ella. A lo largo de la edad moderna, a través de la agregación de nuevos datos, se ha intentado volver a observar el antagonismo tradicional entre las grandes religiones monoteístas y la fuerza propulsiva de los grandes imperios plurinacionales para sacar a la luz, entre los muchos episodios de guerra, los ejemplos positivos en los cuales encontramos el testimonio de las primeras formas de sintonía entre pueblos que no eran más que enemigos. Es innegable que entre los paises cristianos y el Imperio otomano existe en el tiempo una constante y fuerte antinomia que los contrapone duramente en muchas ocasiones, la primera de las cuales fue la batalla de Lepanto, convertida en lugar de la memoria del imaginario colectivo. Y, mientras la política europea de la segunda mitad del siglo XV se consuma alrededor de la contraposición franco-hasburga, la España de Felipe II se define cada vez más como una cifra de rígida ortodoxia religiosa para transformarse, después del Concilio de Trento, en el país símbolo de la Contrarreforma. No es fácil seguir el cambio de la línea política de la Corona que, sin embargo, pasa de un abierto aire renacentista a una sombría atmósfera contrarreformista y que escoje interrumpir los contactos con el exterior para defenderse de la influencia de los protestantes; el rey teme fuertemente ya sea su acción en el interior del país en el norte en Valladolid y en el sur en Sevilla como su enlace con los nucleos del protestantismo en el centro y en el norte de la Europa del siglo XV, en el área de la Reforma, en Flandes, tierra de confín entre el mundo latino y el mundo germano y se compromete por tanto con un proyecto de hegemonía en el cual su idea de catolicismo intransigente acaba asumiendo un valor político y proyecta su voluntad de dominio desde el Atlántico donde se despliega la nueva realidad de su política al Mediterraneo, que en realidad no formaría parte de sus proyectos, pero la lógica de su poder absoluto no puede consentir que haya espacios abiertos al expansionismo islámico. El reto contra el enemigo otomano lo llevará a menudo a la guerra, en Malta y Lepanto, donde realmente quien presiona contra el peligro turco es más bien el Papa, verdadero artífice de la Liga Santa. Las largas negociaciones, las enemistades entre los aliados, la reunión de la flota cristiana y finalmente la batalla, ven la implicación de ejércitos y comandantes, embajadores y políticos que consiguen poner en pie el mayor enfrentamiento de la historia, que surje del ámbito técnico-militar para convertirse en la metáfora del triunfo del bien sobre el mal. La intención de este trabajo, sin embargo, no es la de construir una enésima obra sobre el conflicto con los Turcos, sino más bien la de extraer de las fuentes testimonios que indiquen algún signo de una posible interacción entre los pueblos. Y, de hecho, el objetivo de fondo ha sido el de sacar a la luz episodios menos conocidos para señalar la presencia de primeras formas embrionales de integración cultural en el trabajo, en la familia, en la alimentación, en la música aunque no faltan la reconstrucción de las acciones militares, la andadura de las misiones diplomáticas y el papel del espionaje. La complejidad de la historia y de la vida no puede hacer otra cosa que estimular la reflexión política y la interpretación de acontecimientos puramente lejanos que aún marcan la realidad de nuestros días, como raices profundas que nunca han sido arrancadas y que pueden alimentar el resurgimiento del mal. Si, por el contrario, se consigue revivir, desempolvar los episodios positivos del hilo de la memoria, creo que útilmentente se conseguirá ofrecer instrumentos de conocimiento que puedan ser de utilidad en las sociedades de hoy en día, cada vez más multiétnicas, para aplacar las inevitables dificultades en el curso de los procesos de integración. Con la ayuda de formidables colaboradores que han compartido los motivos de la investigación G. Restifo, N. Aricò, M. Caffiero, P. Preto, F. Szakály, D. Tollet, R. Guêze, A. Papadia-Lala, M. Sanfilippo, G. Pizzorusso, J. Topolski, G. Platania, J. Berenguer, R. Tolomeo, S. Bono, A. Matthaiou, P. Sárközy, I. Tóth, J. Herczog, C. Campa, M. Efthymiou ha sido posible seguir un tipo de recorrido que ha considerado aspectos menos conocidos: el gran volumen de los gastos públicos, el cargo de la enorme máquina bélica repartido en medida desigual entre los confederados; el movimiento de increibles masas de soldados (acompañados también de sus mujeres, como en el caso de los alemanes); la dieta cotidiana en los barcos, articulada sabiamente entre proteínas y carbohidratos y que no podrían mejorar los dietólogos que hoy afligen nuestras mesas. Han emergido realidades diferentes y sin embargo interdependientes el avance de la Puerta Sublime en el Mediterráneo y la reacción de potencias como la Castilla de Felipe II, La República de Venecia o el Estado pontifício en las cuales se unen las razones de la política con los destinos de los hombres, determinando una mezcla de culturas y de civilizaciones entre los pueblos del Mediterráneo y los de la Europa central y oriental, a los cuales se dirige el Imperio otomano después de la derrota sufrida en el Mediterráneo. Y aunque el eterno contraste entre cristianos y musulmanes escande repetidas ocasiones de guerra por sectores territoriales diversos en el tiempo, también se han hallado episodios de signo opuesto que muestran como la integración es difícil pero posible: fuentes históricas, literarias y antropológicas han indicado procesos de asimilación más difundidos de lo que se pueda imaginar, con un resultado considerable para los que, como nosotros, creen que una finalidad importante para los intelectuales y los docentes de hoy en día pueda ser la de mostrar a las nuevas generaciones una vía segura para su crecimiento bajo el signo del conocimiento del otro y del respeto de lo distinto. Bajo esta óptica, los Turcos fueron seguidos desde Malta, desde Mesina y desde Lepanto hasta la llanura polaca y la húngara, a través de los Balcanes así como en las islas griegas, mientras se desplegaban las redes informativas de los varios paises interesados, opositores de la Puerta o incluso sus aliados subterráneos, y mientras la propia Iglesia encargaba el problema a una de sus estructuras más importantes, la de la Congregación de Propaganda fide. La enorme complejidad de las relaciones de fuerza, ambiciones y proyectos políticos dió lugar a situaciones difíciles, pero también entre pueblos enemigos se acaba por intercambiar conocimientos y experiencias que mezclan el aporte de la cultura individual de un pueblo y lo obligan a participar en una especie de riqueza común constituida por la aportación de los diferentes componentes étnicos, religiosos y culturales que incluso entre odios profundos acaban por unir una amplia area territorial danubio-balcánica, Hungria, Polonia, las costas de Dalmacia y las islas jónicas. A lo largo de casi doscientos años, entre Lepanto que señala el ocaso de un mito el de la invencibilidad de los Turcos que dirigen hacia Persia su expansionismo y la conclusión de la paz de Passarowitz que sella el fin de la época dorada de la Puerta, con los Balcanes oprimidos en la lógica del poder de Constaninopla y de las potencias europeas, es posible ver como las líneas de la política internacional inciden en la población, provocando el empobrecimiento de los hombres y de los territorios, determinando fugas y emigraciones. A lo largo del tiempo, tiene lugar en otras ocasiones una diáspora desde los territorios otomanos que tanto ayer como hoy conduce a la otra parte del Adriático, a las costas de Italia; en las Marcas pontifícias, en Abruzzo y en Puglia se instalan nucleos de albaneses que se insertan en el tipo de realidad productiva presente, la de la apercería, y colonizan amplias zonas mezclándose con la población autóctona, mientras grupos de eslavos encuentran una colocación en el pastoreo transhumante que une las montañas de Abruzzo con los pastos de Puglia. Cuando los turcos se alejan del Mediterráneo occidental y se dirigen a la Europa central y oriental, a su paso dejan huellas de su propia cultura que se mezcla también de modo forzado con la de los otros. El punto de llegada del recorrido científico y político trazado parece que haya dado ya buenos resultados, devolviéndonos (por parte de los estudiantes que han seguido nuestros cursos y de lectores no especializados) las primeras señales positivas; la posibilidad que se nos ha ofrecido de volver a analizar la relación con el Islam ha permitido verificar que, en lo que respecta a las relaciones oriente-occidente, el conflicto no era el único enfoque posible para la interpretación de las dinámicas mediterráneas. Continuar en esta dirección permitirá cada vez más la redefinición de parámetros culturales basados en el odio y en la intolerancia. Es necesario trabajar por un intercambio más provechoso entre los pueblos y sus culturas en una importante contaminación cultural que haga cada vez más evidente una identidad mediterránea, capaz de reducir a una unidad las multiplicidades actuales, en un signo común del respeto mutuo que permita superar el contraste entre políticas, religiones y culturas, generando intercambios e influencias recíprocas.
El segundo recorrido que se ha seguido ha añadido el aporte de una investigación socio-económica titulada Mercaderes y viajantes por los caminos del mundo, (a cargo de G. Motta, Milano, Franco Angeli 2000). Aquí se han seguido los procesos de transformación de la sociedad europea y su proyección en otros continentes, pero sobre todo se han registrado los modos y los tiempos de la modernización, es decir, de los fenómenos que determinan primeras formas fundamentales de "comunicación" entre diversas áreas territoriales y productivas. Bajo tal óptica, tiene particular interés la relación del Mediterráneo con la Europa del norte que, a partir del desarrollo económico del siglo XV, une de modo estable las economías y las sociedades sud-occidentales España y Sicilia con las realidades protocapitalistas del centro y el norte de Europa los Paises Bajos, Inglaterra y el area germánica. En las tierras de la Reforma es un periodo fecundo, de gran crecimiento productivo y comercial, llegan a Amberes las mercancías americanas redistribuidas en Europa desde Castilla, en el 1531 nace la Bolsa. La plaza flamenca se convierte en uno de los principales centros productivos que atrae mercaderes y compañías mercantiles que vierten su contribución de conocimientos y experiencias en ese mercado en el que convergen flujos de mercancías y de dinero y las actividades de los que se miden por la realización de los propios objetivos económicos y financieros. Los mercaderes que frecuentan las principales plazas comerciales y las innumerables categorías de viajantes, en las enredadas dinámicas que conciernen a sus motivaciones, individuales, psicológicas y colectivas, fueron vistos como mediación importante entre realidades diversas y como significativo elemento de contacto que acerca áreas productivas y culturales lejanas. Circulan mercancías de todo tipo, en un proceso de aceleración que une el Mediterráneo con el norte de Europa y el viejo continente con las colonias americanas y asiáticas por mediación de Sevilla y Lisboa, a través de las cuales se difunden los intercambios atlánticos. Al Mediterráneo llegan los tejidos ibéricos, ingleses y flamencos , las telas de Holanda y el hierro de Vizcaya, que se une al pisanesco y al catalán de la época medieval. A los puertos del norte se dirigen las materias primas, como la seda de Mesina, y bienes alimenticios como vino, queso y trigo, aunque el particular mercado del grano que alimenta el tráfico de exportaciones da lugar a grandes especulaciones por parte de los mayoristas extranjeros que, de hecho, controlan el monopolio en el ámbito del comercio internacional. Un Mediterráneo creciente se une cada vez más al norte de Europa, a pesar de que su marinería no tiene la dimensión ni la capacidad de inserirse en los nuevos circuitos del transporte; toda la flota mediterránea, incluida la genovesa, está decayendo y los protagonistas en el sector de los transportes serán los portugueses, raguseos, vizcaínos, ingleses y flamencos. La edad moderna se abre con un siglo que es lo menos eurocéntrico posible caracterizado por grandes cambios, el avance del pensamiento político y el proceso de laicización del estado crean una atmósfera de gran curiosidad y dinamismo. Se mueven hombres y mercancías, naves y caballos, condotieros y soldados. Viajan intelectuales, literatos y filósofos, emigrantes cultos que agitan las cortes con la contribución de sus ideas. Tipógrafos y editores alemanes y flamencos, vénetos y ligurinos proyectan sus intereses. Se crean fuertes lazos entre economía y cultura, los hombres de negocios estimulan el mercado de mercancías "particulares" para la época, como libros y cuadros, bienes ambicionados por las burguesías emergentes que aumentan su demanda. A menudo, los propios mercaderes se convierten en mecenas y alimentan con su riqueza intervenciones en el territorio, empiezan edificaciones de palacios y de obras que se convierten en testimonios del saber en el que confluyen las directivas de los intelectuales los arquitectos y la cultura de las maestranzas locales que esas indicaciones interpretan y reelaboran. También las ciudades cambian su morfología que se convierte en un compromisorio momento de encuentro entre la precedente práctica medieval de las ciudades-estado y la nueva cultura artística; ésta controla las transformaciones urbanas sucesivas, apoyadas por una demanda iluminada, pero determinadas también por las exigencias de las nuevas clases sociales que predisponen la ciudad a nuevos usos, alejándose del precedente rigor formal e intelectual. La implantación de una red comercial compleja, el conocimiento de los mercados, las direcciones del tráfico y de los circuitos comerciales y la variedad de los tipos de mercancías crean una realidad multiforme que, entre aspectos materiales y datos psicológicos, dibuja nuevos escenarios. Desde la eclosión de la economía del siglo XV, que une los grandes mercados internacionales en una sola red, a los pequeños intercambios de cada día a lo largo del eje sur-norte y occidente-oriente, hasta los primeros signos de decadencia que se difunden en gran parte de Europa, cuando se desatan desórdenes y revueltas sociales en los Paises Bajos, en Francia y en los territorios alemanes, en los cuales la inflación de finales del siglo XV, determinada por el enorme gasto público, había ya provocado graves consecuencias. Pero en realidad la coyuntura del siglo XVI no marca de igual modo a los paises europeos, ya que se inserta en situaciones sustancialmente diferentes, ya sea desde el punto de vista institucional como desde el productivo; Inglaterra, Francia y Las Provincias Unidas emergen de la crisis con vigor renovado, mientras que los paises sud-occidentales continuarán sólo consumiendo y serán engullidos poco a poco por la falta de cambios estructurales capaces de favorecer los procesos de modernización. En los trabajos que aquí se han recordado de manera sintética, se han recogido informaciones provenientes de diversos ámbitos disciplinarios que han precisado la aportación y el perfil del proceso de transformación entre los siglos XV y XVIII, pero el dato más relevante surge del hecho que se haya trabajado esencialmente en torno a dos problemas historiográficos de gran espesor. El primero hace referencia a la configuración de una identidad mediterránea, el segundo se articula sobre el recorrido de formación de la idea de Europa. Son reflexiones sobre temas importantes que creo que hoy deberían salir de los debates científicos para acercarse a la percepción de las conciencias colectivas a fin de que los profundos cambios que están teniendo lugar puedan tener una participación consciente lo más amplia posible. Solo así se conseguirá ver desde el cuadro de la historia los fuertes lazos entre el Mediterráneo y Europa y entre oriente y occidente y cómo el proceso de formación de los pueblos pasa a través de continuos intercambios de relaciones, de culturas, de experiencias que no autorizan separaciones ni jerarquías. ¿Cómo no recordar la aportación del Nuevo Mundo a la vida europea o la influencia del renacimiento italiano en Hungría, Polonia y Dalmacia, pero también la aportación de los maestros eslavos que añaden sus obras a las de los mejores artistas italianos?¿Qué decir de la imborrable influencia de España en las colonias italianas y del signo de la Serenísima protegida por el Adriático sobre el Levante otomano o de la política francesa con la Puerta, ecuación nada fácil de la cual deriva un intercambio continuo? El Mediterráneo, tanto en Venecia como en Marsella, en Sicilia o en Barcelona, acoje en sí y comprende elementos de las otras culturas, mezclando caracteres autóctonos y signos adquiridos que inducen a la superación de la unidad cultural y dan vida a un pluralismo que desde siempre es fuente de una infinita riqueza cultural. Lisboa y Sevilla, abiertas al Atlántico, Barcelona, Genova, Nápoles, Mesina y después Venecia, puerta hacia Oriente, con personalidad seductora, occidental y oriental al mismo tiempo y Ragusa, al mismo tiempo eslava, veneciana y otomana. Las ciudades, a menudo colocadas en las costas y capaces con sus puertos de favorecer el contacto y el intercambio con el mundo exterior, dibujan el gran mural de la edad moderna, con la propia realidad estatal y productiva, con la proyección de sus puertos que dilata su imagen más allá de todos los confines. Cada lugar tiene sus propias características, pero recibe también influencias y sugestiones llegadas con los leños que arriban a sus puertos, el mar no es cerrado, los caminos de agua acercan aún más que los de tierra; el mar acoje múltiples influjos que crean una especie de "sistema", una correspondencia de perfiles humanos, psicológicos y productivos. Si Lisboa se proyecta sobre el Asia portuguesa y Sevilla parece asomarse a las colonias de Castilla en América, Venecia se alarga hasta tocar el cercano Oriente, llegan hombres y mercancías de Alemania y de Hungría, mercaderes y autoridades otomanas atraídos por la increíble calidad de sus producciones de seda y de la cantidad de tipos de mercancías de su mercado. En el curso de la historia, el indiscutible impacto entre religiones y culturas, y entre economías y poderes políticos, ha creado reacciones y conflictos, pero también ha favorecido influencias recíprocas en un juego difícil e intrincado en el cual confluyen los signos de cada uno para convertirse en patrimonio de todos. Creo que volver a recorrer las etapas de tales transformaciones puede convertirse en un útil instrumento de análisis de los problemas actuales, para renovar la evolución del pensamiento político que por un lado ha trazado la identidad mediterránea, con su bagaje de múltiples y lejanas raíces, y por otro se mueve para definir la idea de Europa siguiendo caminos desde los diversos contenidos conceptuales e ideológicos. En un primer momento, la referencia a Europa es territorial, de tipo geográfico, después, poco a poco, nace la necesidad de definirse desde el punto de vista político, social, cultural, étnico y antropológico. Pero el definirse a sí mismos, como advierte Chabod, corre el riesgo de convertirse en un modo de satanizar al otro, o sea al extranjero, al diferente, al de procedencia distinta y posiblemente también de otro color. No por casualidad, hasta hace poco, algunas áreas políticas mostraban una cierta resistencia al europeísmo, considerándolo un programa exclusivamente económico, carente de proyección ideológica y política. A la Europa de los mercaderes, como se llegó a definir, habría que añadir un contenido y las líneas de un verdadero proyecto político. La relación que se establece en la historia y en la sociedad entre el discurrir europeo y el destino mediterráneo pone en evidencia elementos de continuidad en el intercambio de influencias entre norte y sur y entre oriente y occidente, que desde lejos preparan nuestra realidad de todos los días, que es ya interétnica, y que nos corresponde convertir en una realidad verdaderamente intercultural. Giovanna Motta Catedrática de Historia Moderna Universidad de Roma TRE La crisis del espacio mediterráneo en la época moderna Larea mediterranea, infatti, se per un verso presenta una molteplicità di storie regionali ed etniche, dallaltra si pone come "luogo" coeso in cui etnie, culture e sistemi sociali ed economici diversi attraverso percorsi pure complessi e differenziati hanno tuttavia elaborato codici comuni; la loro riscoperta e valorizzazione diviene oggi elemento essenziale per qualsiasi ipotesi di cooperazione e di sviluppo, individuando i problemi di fondo di una simile multiforme realtà e passando a un livello concretamente operativo attraverso soluzioni possibili. Se la "centralità" del Mediterraneo come culla di civiltà delle tre grandi religioni monoteiste (ebraismo, cristianesimo, islamismo), dei commerci e dello sviluppo tecnologico appartiene al passato e se nel tempo non è mancato il richiamo retorico e strumentale per finalità politiche, il problema dell"equilibrio" allinterno di questarea geografica è stato e rimane effettivamente uno dei nodi centrali da sciogliere nellambito delle relazioni internazionali; nel corso della storia il Mediterraneo è stato teatro di scontro per le grandi potenze ma anche luogo di incontro e di contatto fra civiltà e culture diverse, attualmente torna a essere punto privilegiato a causa dellaccentuato spostamento di grandi masse alimentato da ragioni economiche (dal sud "povero" al nord "ricco") e fattori politici (guerre civili, conflitti etnici, lotte tribali) spesso strettamente collegati fra loro. Le opere degli storici, anche quelle più recenti, hanno posto in luce come a partire dalla scoperta del Nuovo Mondo lapertura delle grandi rotte atlantiche abbia allontanato linteresse dal Mediterraneo, ma hanno mostrato anche come nelle varie occasioni della storia larea mediterranea abbia riproposto ogni volta la sua centralità fino a diventare ancora ai nostri giorni scenario fondamentale dellequilibrio politico: lo spazio mediterraneo e il sistema politico, economico, sociale a esso correlato, costantemente, sono tornati allattenzione, nel 500 a causa del confronto con lImpero ottomano; nel 600 con i Balcani infiammati dal conflitto austro-turco; nel 700 con gli austriaci nel Regno di Napoli; nell800 col processo di unificazione in Italia e con la complessa questione dOriente (allinterno della quale grande peso) aveva assunto linteresse della Francia e dellInghilterra per il controllo strategico dellarea; nel nostro secolo, ancora con la Turchia di Kemal Ataturk e il difficile equilibrio balcanico, la politica del fascismo tesa a rivendicare il mito della romanità, fino agli avvenimenti di ieri e di domani, con il conflitto del Kosovo e la guerra in Albania, chiusi ma non risolti e perciò destinati a produrre nuovi affanni. Lazione politica, ma anche militare ed economica, è sempre stata finalizzata a impedire che una potenza potesse sopravanzare laltra e le alleanze si sono composte e scomposte (attuate e annullate), proprio sulla base del principio dellequilibrio. La storia del XIX e XX secolo, fino alla seconda guerra mondiale, ruota intorno a tale fattore che si collega alle grandi trasformazioni politiche e sociali la rivoluzione industriale sul piano economico, la rivoluzione francese sul piano politico e introduce una nuova concezione politica liberata dai vincoli dinastici, mentre una borghesia produttiva che intravede nello "stato-nazione" uno stimolo propulsivo allo sviluppo economico crea cambiamenti profondi nellEuropa continentale, mettendo in crisi la stabilità ma trasferendo in "periferia" nella penisola balcanica in particolare le tensioni che le alchimie della politica e della diplomazia non riescono a risolvere nellEuropa centrale. Bisognerebbe riflettere ancora sulla semplificazione di Bismarck che aveva definito i Balcani come la polveriera dEuropa: era stato un anatema, piuttosto che un giudizio, che aveva rovesciato sui popoli balcanici responsabilità di altri condannandoli a fare le spese di decisioni e di interessi esterni. Dal complesso travaglio politico-ideologico dellEuropa ai popoli balcanici non è rimasto altro che una realtà privata dagli importanti momenti di crescita che altri hanno vissuto sia per quanto riguarda lo sviluppo del pensiero politico che per quanto attiene alla struttura delleconomia; da qui lesasperata idea di nazione che ha prodotto e continua a originare lunghe e sanguinose crisi ricorrenti. Le riflessioni sul Mediterraneo hanno opportunamente identificato punti caldi della storia come il Vicino e Medio Oriente e la costa nord dellAfrica, ma non bisogna dimenticare che in uno spazio ristretto come quello dei Balcani convivono (e spesso sono stati costretti a convivere) etnie diverse e religioni differenti in contrasto tra loro: il cristianesimo si è confrontato non solo con lislam, suo tradizionale oppositore , ma anche al suo interno, in una contrapposizione plurisecolare molto accentuata e forse meno evidente dello scontro con i musulmani. La prima guerra balcanica (1911) si pone come una vera e propria alleanza promossa dalla Serbia, che lega insieme i piccoli Stati balcanici militarmente deboli, contro lImpero ottomano; è questo un momento a mio avviso estremamente significativo (forse sottovalutato da gran parte della storiografia sulla prima guerra mondiale) per comprendere gli avvenimenti successivi, perché lalleanza funziona e lEuropa delle grandi potenze assiste attonita alla vittoria militare dei modesti eserciti balcanici sulla potenza ottomana. È un allarme generale e si intravede il pericolo che quella vittoria rappresenta. La diplomazia europea, memore delle proteste serbe contro lannessione della Bosnia allAustria-Ungheria (1908), assieme a quella di Costantinopoli opera per sciogliere lalleanza balcanica e a tal fine sollecita gli opposti nazionalismi, tanto è vero che la seconda guerra balcanica (1912) si svolge tra gli ex alleati, allontanando almeno temporaneamente la dissoluzione dellImpero ottomano, il "grande malato dEuropa", che in realtà, allepoca, costituisce ancora una realtà politica e strategica determinante per i più generali equilibri europei. Il contrasto austro-serbo è ormai insanabile. Quel "colpo di pistola udito in tutto il mondo" con il quale il serbo Gavrilo Princip uccide larciduca Francesco Ferdinando a Sarajevo apre la prima fase della crisi europea, che in quattro anni di conflitto (1914-1918) scardina definitivamente il sistema internazionale, modifica comportamenti e assetti sociali, lancia parole dordine di grande impatto psicologico. Lautodeterminazione dei popoli, la realizzazione dello Stato nazionale, la ridistribuzione delle ricchezze, sono gli obiettivi che caratterizzano la storia politica dei primi decenni del Novecento. La delusione per i traguardi non raggiunti, laffermazione di un nazionalismo più duro e intransigente, il successo della rivoluzione bolscevica in quellimmensa e in parte sconosciuta aggregazione di popoli e di etnie che costituiva lImpero zarista, i trattati di pace, numerosi e volutamente ambigui aprono un ventennio di instabilità che insieme al "ritiro" degli Stati Uniti dAmerica dalla gestione del processo di pace si sommano quali fattori di conflittualità fino a esplodere nella seconda guerra mondiale. La Conferenza della pace di Versailles (1919-1921), piuttosto che il punto finale di una crisi, rappresenta linizio di un processo di ulteriore disgregazione del continente europeo e delle aree a esso collegate. Per gli Stati vinti si apre la strada della disgregazione sociale e politica, aggravata dalla richiesta delle riparazioni economiche spesso eccessive e perciò difficili da soddisfare; gli Stati dellIntesa devono amministrare una vittoria complessa poiché hanno partecipato alla guerra con scopi diversi, spesso senza includere neppure un riferimento esplicito nei trattati internazionali. Un esempio fra tanti, il Patto di Londra - con il quale lItalia aderisce allIntesa - assolutamente privo nella sua formulazione della dovuta chiarezza riguardo ai "compensi", proprio nellarea di maggiore interesse costituita dallAlto Adriatico (questione di Fiume, Istria, Dalmazia). Alle complesse questioni internazionali come la costituzione degli Stati nazionali e la definizione dei confini, si aggiungono problemi di ogni tipo che toccano la società e leconomia anche nei paesi vincitori; pesano le crisi devastanti del settore industriale nel passaggio dalleconomia di guerra a una economia di pace e il ritorno dei combattenti che non riescono a reinserirsi nella vita e nel lavoro, mentre si fa consistente il timore che la rivoluzione bolscevica vittoriosa in Russia possa diffondersi in Europa, come era avvenuto in Ungheria con la Repubblica dei Consigli di Bela Kun o in Germania con la rivolta "spartachista" e in Italia con il "biennio rosso". Non a caso prendono corpo e si sviluppano, pure con modalità assolutamente diverse, soluzioni istituzionali di tipo autoritario Polonia, Italia, Ungheria, Germania, Jugoslavia, Romania che adottano rivendicazioni di tipo nazionalistico (denuncia dei trattati di pace, rivendicazioni territoriali, confini ecc.) sapientemente mescolate a elementi vicini sul piano ideologico alle teorie socialiste: rivoluzione, intervento dello Stato nelleconomia, polemica antiliberale e antiborghese, denuncia dei sistemi parlamentari. La fine della seconda guerra mondiale determina la rottura dellalleanza in funzione antifascista e antinazista stabilitasi fra le democrazie occidentali e lUnione Sovietica; la causa è costituita dallormai palese volontà egemone di questultima in Europa orientale: i Paesi baltici (Lituania, Estonia, Lettonia) vengono reinseriti nellURSS, mentre in Polonia, Ungheria, Cecoslovacchia, Romania, Bulgaria, Jugoslavia, Albania, Germania dellest, i comunisti vanno al potere importando istituzioni ed economia secondo il modello sovietico. Nei quaranta anni successivi, fino al 1989, si apre un nuovo e più generalizzato conflitto, quello della guerra fredda, che si connota nella contrapposizione ideologica e politica (democrazia-totalitarismo), nel modo di produzione (economia di mercato - economia pianificata e di comando) esplicitando lo scontro tra due diversi modi di interpretare la società. Per molti aspetti il bipolarismo Stati Uniti-Unione Sovietica, che era stato definito dalla propaganda "lequilibrio del terrore", insieme allavanzamento tecnologico degli armamenti determina un sistema internazionale "in equilibrio" in cui i conflitti armati si localizzano solo nelle aree "calde" (i cosiddetti conflitti regionali) e la competizione si svolge su altri piani, come per esempio su quello economico. In tale contesto prende lavvio non senza difficoltà il lento processo di unificazione europea, visto anche come efficace baluardo alla temuta, ulteriore, espansione sovietica in Europa. Alcune date significative: 1949 NATO (North Atlantic Treaty Organization); 1951 CECA (Comunità europea carbone e acciaio); 1957 Trattati di Roma. Il Mediterraneo, come il sud dellEuropa, non rientra in questa cornice. Limpostazione dellEuropa comunitaria quella iniziale del Mercato Comune Europeo era e rimane in funzione dellEuropa del nord e dellEuropa continentale, né il progressivo allargamento alla Grecia, alla Spagna e al Portogallo ne modifica limpostazione. È la parte più debole il sud e dunque larea del Mediterraneo che deve adeguarsi al nord e non a caso nascono in questo periodo le tendenze alla convergenza economica verso lEuropa "forte" (Germania, asse franco-tedesco, ecc.) da realizzare con lallineamento su parametri che investono tutti i settori; una teoria che porta alla elaborazione di prospettive come l"Europa a due velocità", del "nocciolo duro", delle "anticamere", dei "gironi" ecc. Qualcuno ritiene che le economie deboli non possano e non debbano frenare il cammino dellEuropa, ecco dunque che negli anni che vanno dal 1945-50 a tutti gli anni Ottanta il Mediterraneo entra nella scena politica internazionale solo per quanto attiene ai problemi della "sicurezza" e della "stabilità", appendice scomoda piuttosto che area strategica per le questioni petrolifere e demografiche. Nel contesto europeo degli anni Settanta lItalia è la sola a sostenere la necessità di affrontare i problemi dellarea mediterranea attraverso lelaborazione di una politica regionale. (Il progetto si rivelerà profondamente giusto, ma bisognerà arrivare al 1995 con la conferenza di Barcellona per ottenere risultati concreti, con la redazione degli Orientamenti della Commissione per le attività dei dodici Paesi della riva meridionale che istituzionalizzano il rapporto di partenariato euromediterraneo) Negli anni Settanta e questo a mio avviso spiega la sensibilità italiana si verificano alcune modifiche allinterno di quello scenario che pure abbiamo definito come stabile. LUnione Sovietica modifica parzialmente la sua politica estera tradizionalmente basata sul concetto della "contiguità" territoriale, rivolgendo a partire dalla crisi di Cuba del 1962 una particolare attenzione alla realtà dellAfrica (guerra del corno dAfrica, diga di Assuan in Egitto, Angola ecc.) e dellAmerica Latina, appoggiando in ogni modo, oltre che sul piano ideologico, i vari movimenti di liberazione connotati come anticolonialisti e antimperialisti. Il Mediterraneo torna a essere al centro di un complesso meccanismo di equilibri strategico-militari, non più e non solo per la presenza dei regimi comunisti in Jugoslavia e in Albania. Questi elementi di politica internazionale decisamente in controtendenza con lampio dibattito apertosi sulla politica di distensione tra due blocchi con gli Accordi (o panieri) di Helsinki del 1975 ci convinsero allora a organizzare, insieme ai colleghi Carlo Carbone, Mario Centorrino e Giovanna Motta e con il sostegno determinante dellallora preside Orazio Buccisano, un ciclo di seminari e conferenze interdisciplinari presso la Facoltà di Scienze Politiche dellUniversità di Messina allepoca interessante "laboratorio" nel campo dellinnovazione didattica e della sperimentazione su "La politica di sicurezza nel Mediterraneo". Valenti studiosi e operatori della politica internazionale si alternarono in tempi diversi affrontando i complessi aspetti interni e internazionali del problema. Liniziativa ebbe una vasta eco sulla stampa e riscosse un notevole successo presso gli studenti, i quali frequentarono allora un corso di specializzazione paragonabile ai "master" oggi tanto in voga. Con la fine della contrapposizione tra Stati Uniti e Unione Sovietica, però, e con la conseguente crisi degli schemi interpretativi necessari allanalisi delle realtà politico-sociali ed economico-culturali, si è andata mostrando unemergenza nuova, quella di trovare strumenti originali capaci di consentire la ricerca di una stabilità rinnovata che possa essere valida in un mondo che, concluso il bipolarismo, è tornato alla multipolarità. Proprio ai fini di unanalisi tesa alla verifica dei fenomeni attuali, il Mediterraneo costituisce sicuramente unarea privilegiata, un laboratorio che per un verso consente esperimenti per altro impone delle soluzioni. Lingente spostamento di uomini dalle periferie al centro industrializzato, di fatto, sta creando una società multietnica e multiculturale in cui frequentemente esplodono fenomeni di contrapposizione anche drammatica che innescano episodi di intolleranza razziale; i rischi sono molto elevati e possono essere prevenuti solo per mezzo di un attento lavoro che riesca a far passare nella società uno schema culturale in grado di far capire come una migliore tradizione culturale e civile poggi i suoi presupposti etici e intellettuali sullaccettazione dellaltro diverso da sé e dunque sulla tolleranza. Un obiettivo congiunto della politica e della didattica deve essere quello di favorire il processo di integrazione attraverso strutture, insegnamenti, mezzi che possano concorrere al processo di formazione delle nuove generazioni per una cultura dellintegrazione. Con il lavoro fin qui svolto proprio in questa ottica una rete di studiosi con una tradizione di impegno culturale e operativo, insieme a una serie di accordi fra singoli Paesi del Mediterraneo, ha offerto un contributo professionale concreto con lapporto di formulazioni e proposte valide per una società come quella italiana, che deve assorbire da una parte limpatto delle massicce immigrazioni allinterno del proprio tessuto sociale ed economico e dallaltra favorire laccoglienza e le forme di integrazione che consentano ai cittadini di metabolizzare la nuova esperienza dellincontro con elementi provenienti da culture diverse. La finalità è quella di riuscire a creare una società multietnica e multiculturale sana e corretta, determinata cioè nella sua moralità nella quale sempre più di rado debbano prodursi fenomeni di intolleranza e di disgregazione sociale. Antonello Biagini Università Roma Tré
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