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La
aparición de las construcciones de piedra en seco va
estrechamente ligada a los trabajos de condicionamiento previo
del terreno para el cultivo. El proceso de limpiar de piedras
una finca comportaba, lógicamente, la obtención
de la piedra: materia prima y esencia de esta arquitectura.
Sin transformar, o con pequeños retoques para facilitar
el encaje solidario, la piedra del lugar era ingeniosamente
utilizada por el campesino a la hora de dar respuesta a satisfacer
las necesidades que comportan las labores agrarias.
El
relieve propio que acompaña y posibilita las construcciones
de piedra en seco es el paisaje llamado popularmente carrascal,
una geografía arisca característica de diversas
áreas de la Mediterránea, donde les calcáreas
afloran con facilidad. También existen obras levantadas
con conglomerado, piedra tosca o con materiales más
difíciles de trabajar como la pizarra, piedra azul
o el canto rodado de río. El hecho de contar con
piedra de calidad, trabajable, que "rompa bien" permite
conseguir unos resultados de una precisión inverosímil.
Cabe decir, a su vez, que en algunos lugares, y sin que suponga
un demérito, se utilizaba la arcilla natural, o bien
tierra arcillosa, entre las juntas con la misión específica
de impermeabilizar la construcción, y no con la intención
de ligar las piedras.
El
hecho de que el campesino consiguiera resultados similares en
zonas geográficamente separadas, a pesar de las diferentes
características de la piedra del lugar, nos lleva a pensar
en su habilidad -siempre por encima del material- y en el respetuoso
dominio que ejercía sobre el medio rural.
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