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Tiempo
atrás, prácticamente todos los campesinos, al
acabar las labores del campo, se dedicaban a abancalar o a hacer
brancales, valonas y empedrados. Hoy en día, apenas
se encuentran personas que lleven a cabo este tipo de obras.
Una vez desaparecida la función para la cual fueron construidas,
juntamente con la considerable disminución del número
de campesinos, el panorama que se adivina para estas arquitecturas
rurales no es en absoluto prometedor. Se están degradando
lentamente, puesto que no hay nadie que se encargue de su mantenimiento
y, por lo tanto, quedan abandonadas a su suerte.
La
conservación del patrimonio construido en piedra seca
dependerá del grado de concienciación de los mismos
propietarios y, a su vez, de la sensibilización general
hacia una cultura prácticamente extinguida. Así,
con el fin de mantener vivo el antiguo oficio de bancalero,
los lugares en donde abundan estas arquitecturas han ido poniendo
en marcha, recientemente, Escuelas Taller en las cuales
se intenta transmitir el conocimiento de una técnica
que transformó el paisaje donde vivimos. Con el mismo
objetivo, otra loable iniciativa es la organización de
las Jornadas Intergeneracionales que algunas poblaciones
plantean como una experiencia interactiva que sirve para fomentar
las relaciones entre jóvenes y adultos, así como
para recuperar costumbres y oficios tradicionales.
Pese
a todo, la demanda de estas construcciones -con otras finalidades-
no ha desaparecido. Lo que sí se han ido perdiendo son
la técnica y el oficio. Las imágenes que acompañan
este texto son bastante elocuentes
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